martes, 16 de junio de 2009

QUIERO ESCRIBIR

Tengo demasiado para leer, me procuro siempre tener en la biblioteca más de lo que puedo hojear, me angustio con mi necesidad de absorber más de lo que me permiten las horas y las obligaciones, y lo único que deseo hacer en este momento es escribir y mandar al diablo las obligaciones. Deseo escribir toda la noche, sin pensar en que mañana debo ir a trabajar, o en que en pocas semanas debo estar lista para dar exámenes. Escribir toda la noche, toda la semana, procurando sólo dormir de tanto en tanto y tomar algún té caliente, o comer algo cuando sea imperativo. Escribir como solía hacerlo, desenfrenadamente, como quien poseído no controla sus pensamientos o los dedos que los plasman en la hoja en blanco, llenando de repente de maravillosas historias el desafiante papel, o metaforizando el vuelo de una mosca, sin más que agregar que algún acento, alguna coma apropiada. Pero estoy falta de contenido, no es la coma ni el acento lo que me turba, es el saber que no logro la expresión de la que siempre fui capaz, de la que siempre me jacté. Me estoy perdiendo a mí misma.

Estoy en el ojo del huracán, en la calma mustia que antecede al desastre. Sé que no escribo porque no tengo sobre qué escribir, o peor aún, no tengo nada que decir sobre lo que acontece, adormecida, inutilizada, quebrada por demás, calma, quieta, expectante. O bien nada es lo suficientemente valedero como para explotarme, o estoy deliberadamente escondida en algún oscuro pasaje de mi mente, anestesiada, reprimiendo todo aquello que debería liberar para poder expandirme entre mis letras. Sé que estoy reprimiéndome, sólo que aún no logro descubrir porque, o que, o donde. Y tengo más que sabido que esta quietud no va a durar. O por lo menos eso deseo. Detesto la quietud. Desabrida.

No puedo. Necesito la explosión y no hallo la mecha, ni la pólvora, y perdí de vista el encendedor. El estupor que me provocan las realidades cuando me golpean de lleno en la cara. No me dejan volar, no me permiten ser libre, libre de todos, libre de mí, irme. Intolerables y nauseabundas realidades que me atan al suelo, y este maldito poder de no dejar de verlas, de saberlas, de entender. Quisiera ser idiota. De seguro escribiría más a menudo si lo fuera. Temo no tener talento para escribir realidades, para desarmarlas como quien rompe un cubo mágico para aprehender sus partes, pero las capto y no puedo evitarlo.

Está matando mi creación. Mi realidad me anula los sentidos, me deja absorta en una colilla de cigarrillo que humea sin dejar rastro de su veneno, la vida que estamos adecuados a vivir y que aceptamos como vida, me está matando. Pero no logro evadirme de ella por completo, sólo por un par de horas de intensa creación que ahora se me escapa, burlona se aleja de mi castigándome por haber deseado alguna vez una vida normal, una vida como la que lleva todo el mundo, me arrastra a la mundanidad que alguna vez deseé y que hoy resiento, me compele a vivir en esa realidad de supermercado y cuentas a pagar, de sueldos y quitamanchas, de dietas para adelgazar y ofertas de sexo adolescente, me cruza carteles en el camino con publicidades de gaseosas que invitan a descubrir la felicidad plena en un sorbo, me atrapa en una red de televisión por cable y consejos idiotas a gente idiota, que, paradójicamente, está incapacitada para ver su propia realidad. Quisiera ser idiota. ¡Quiero ser idiota! Quiero crear, quiero expandirme, quiero volar. Quiero inventar mi propia realidad.

Quiero escribir. Quiero inspirarme de una buena vez por todas. Quiero vivir.

jueves, 4 de junio de 2009

AROMAS

Una mañana fría de otoño desperté, y su perfume rodeaba la habitación. Desesperadamente, comencé a oler de manera frenética cada objeto que presenciaba mi angustia. De seguro, ella habría estado ahí mientras dormía. No podría haber llegado el perfume de su piel de otra manera hasta ahí, un perfume dulzón, ni floral, ni cítrico, ni ácido ni amargo. Indescriptible, pero tan suyo, tan de ella.
Olí como canino, investigando nasalmente cada rincón, cada grieta, cada prenda de ropa, olí al hurón que me miraba atónito, al cenicero, al televisor. Husmeé en la ventana, en el potus avejentado, debajo del sofá. Apresuradamente, lavé las cortinas, los platos sucios de la cena del día anterior, las paredes ennegrecidas por el dióxido de carbono de la estufa. Olí la estufa. Observé el techo, el suelo y su fotografía. ¿De dónde demonios procedía su embriagante aroma? Aroma que conocía a la perfección, del que habría respirado tantas noches, del que habría fagocitado su esencia con voracidad alguna vez.
Con su piel clavada en el alma, caí rendido a los pies de mi cama y sollocé como un niño. Poco a poco iba perdiendo el sentido, a medida que el fatídico perfume se evaporaba en el abismo de la ventilación, y como quien intenta atrapar una mosca, comencé a vapulear mis manos entre el aire, a llevármelo a la cara, a la nariz, a la boca, adonde pudiese permanecer un tiempo más. Luego me desvanecí.
No fue hasta unas horas después que desperté en un cuarto de hospital. Podía oír el llanto desconsolado de mi madre de fondo y la voz melódica del médico que intentaba explicarme acerca de la metástasis que había esparcido a todo el sistema nervioso, el tumor que se alojaba permanentemente en el hipotálamo.

DE LA HYBRIS

Es ante la grandeza omnipotente del relativismo que en reiteradas ocasiones me abstengo de emitir un juicio.
Verdades absolutas que son defendidas pasionalmente, fervorosamente, e incluso logran colarse entre mis pensamientos, debo reconocer, y entre mis acciones, son aquellas a las que más debemos temer, pues sin lugar a dudas son ensombrecen la razón, nos aquietan la capacidad crítica y nos obligan a caer de rodillas frente a un mal pandémico, la ignorancia.
Pero, luego me resulta inevitable caer en la paladeica desabridez del “puede ser”, y sin convicción alguna por nada, la mediocridad acecha, se ensobran los ideales y se guardan en el cajón de la infinidad histórica, sin dejar rastro de un motivo por el cual hervir la sangre.
Nadie desea pecar de soberbio, le huimos a la hybris temerosos de la Némesis, los dioses nos amenazan con encerrarnos en terroríficas cárceles con el fin de estrecharnos en nuestra carne y no permitirnos la dicha de extendernos más allá de la piel que nos contiene y desdibujarnos de nuestra etérea humanidad por un rato. Nos condenamos a tramitar nuestro paso por el mundo, canjeando humildad programada y una falsa modestia, sin olvidarnos de un altruismo reconocido por nuestros semejantes, por una migaja de un cielo inerte, vacuo, y quizá un abrazo que nos transporte hacia algún vestigio latente de nuestro primer hogar, un útero calentito que nos cobije de este infierno al que llamamos vida, desde donde se nos ataca por desear respirar.
Alguna vez me han dicho, que la soberbia no es un defecto. Por supuesto, reí estruendosamente durante algunos segundos para luego observar a mi interlocutor y cuestionar sus creencias. Tardé meses en comprender que mi reacción provenía de aquello de lo que me estaba riendo. Fue mi soberbia, y la que acompasa a todas mis creencias, heredadas, aprendidas e intrínsecamente ligadas a lo profundo de mi persona, la causante de mi jolgorio.
Y me pregunto: ¿Puede ser calificado de “malo” algo que es tan netamente natural?
Hoy, sin dudar un segundo, califico la soberbia de “humana”, sin juicios de valor morales, no como un “algo” extrínseco que debe ser amedentrado con castigos divinos de ser adquirido, sino como una característica de la raza humana, tan imprescindible como el tacto, puesto que la naturaleza es creadora y ella es parte de la naturaleza de nuestro ser.
Y luego, vuelvo a dudar de mis certezas, pues la inocencia también es natural.

domingo, 31 de mayo de 2009

SENTIRTE Y NO SENTIR

En el letargo de la noche que parece no tener fin,
Reposa tu cuerpo cansado, sueñas nubes verdes,
Y una caricia te roba el perfume de la nuca.

Las horas se suceden con sigilo, temen agazaparse
Y yo espero lo que jamás vendrá, sueño con tus manos,
Tus caricias, perfume y nuca.

Debajo de tus párpados encuentro la vida.

Dedos voraces entre las sábanas hurgan en mi inocencia,
Penetran agónicos en una humedad que no les pertenece,
Y un gemido huye de mis labios, seguido de tu nombre.

En tus sabanas no cabe lugar ya para gemidos,
La inocencia es un insulto, la humedad se evapora
Y agónicos están los verdaderos dueños de mis labios.

Tu vida la encierro entre mis pechos.

Susurras deseos, el anhelo de un ideal,
Moribundo clavas tu angustia en el último peldaño
Miras al vacío de la habitación y absorbes su negrura.

Donde no queda ya luz, se esboza la verdad
Y un antagónico reflejo me encandila,
Muero en tu vacío, arrastro todo con el.

Abre los ojos, mira el ocaso de nuestro paraíso.

Y duerme para siempre, sueña con tus nubes verdes y yo,
Yo procuraré humedades desdeñosas, invitaré coros,
Festejaré la parodia de estar viva y no sentir.

La irónica certeza de sentirte y no sentir.

domingo, 19 de abril de 2009

TU SECRETO

Comprenderé cuando cierres la puerta y finjas un adiós
Bordearé las aceras, errante, imaginaré sus besos en tus labios
Te sabré visceralmente mío, y aguardaré tu retorno.

Los quejidos de tu conciencia menguarán, los oiré morir
Cada noche será un eterno renacer de fidelidad, vivirás
Y tu secreto dormirá en mi almohada.

Ataré fuertemente mis deseos, olvidaré los tuyos
Seremos eternos en la parodia de la vida
Lejanos, los cuerpos, más nunca las almas.

No contarás la historia de la mujer que te amó,
Con distancias estelares, borrarás mis caricias
Y serás devoto de tu prisión, noble, austero.

Soñaré, y en cada luna gritaré tu nombre al cielo
Maldeciré al destino, aborreceré mi suerte
Desearé que regreses, libre, pleno, completo.

Descansarás de mis arrebatos, te aferrarás a su cobijo
Te veré en mis recuerdos, me verás en los tuyos
Y te sabrás amado, aun cuando me haya ido.

sábado, 18 de abril de 2009

LEER A LA HORA DE LA SIESTA

No quiero reprimirlo más, no pienso reprimirlo más. Si es con el sólo evocar tu recuerdo, la imagen de tu piel desnuda, el tacto de tus manos sobre mis hombros, sobre mis pechos, sobre mi ser, que no puedo contener la excitación, el rocío húmedo que inunda mi lencería, producto de tan inigualable cristalización de la memoria. Siente un llamado, si, un llamado. Mi sexo a punto de explotar entre mis muslos, sin siquiera ser rozado por más que la sedosa tela de la ropa interior que llevo puesta. Un volcán llamado a hacer erupción, sin más remedio que soltar su calor, su lava, su infierno. Llamado a la distancia, que quema el pubis, que nubla la vista, que despoja de sentido cualquier otra imagen que no sea la de su complemento adentrándose en el abismo al que lo invita. Dios, el complemento. Dios o los demonios, que divertidos de los placeres que causan en mi vacío tus embestidas, que ahora sólo imagino, pueden hasta oler el jugo de mi femenidad recorriendo cada milímetro desde mis adentros, buscando la luz, la gloria, el destello de electricidad que sólo tener tu arma sólida, tu puñal de piel, tu alimento de lujuria dentro, tan adentro como si fuese a quebrar todas las hendijas, tan adentro como para no sentir más mis propias vísceras sino rogar que fusiones con mi piel hasta tus caderas, hasta tus testículos, todo dentro, tanto que si entrara tu persona por completo no alcanzaría, no llenaría, tan insaciables labios, tan enardecido sexo que clama por entregarse por completo, que clama por perder identidad de sexo femenino y ser parte de tus carnes, de tus reliquias, de tu colección, y sentirlo tan adentro como si hubiese nacido llamado a eso, tan adentro como para fundirse en la carne, derretirse en el grito desesperado de la furia, eterno grito, eterno gozo, eterno orgasmo, eterna lluvia. Comerse por completo el uno al otro, tu sexo al mío, el mío al tuyo, que todas las partes de mi cuerpo desaparezcan entre tus labios, entre tus dientes, entre tus besos, entre caricias, entre desenfrenos, que ni devorando estos, mis enardecidos pezones que sólo buscan tu boca para morir en ella, descansen en paz, ya que nunca podrás saciar apetito tal, nunca, siempre voy a pedirte más, siempre más, siempre más.

viernes, 20 de marzo de 2009

CUANDO FINALMENTE LA VEAS

Cuando finalmente la veas, vas a sentirte orgulloso, pero no de tu creación, sino de haberla abandonado. Enseñaste a través de la ausencia, del dolor, esa fue tu más magnifica acción para con ella, desaparecer.
Cuando finalmente la veas, quizá no sea usando la vista. Quizá la percibas desde alguna dimensión paralela, dudo que la veas en esta vida. Y dudo que exista otra vida para resarcirte.
Cuando finalmente la veas, maldecirás a tu soberbia por no haberte permitido verla antes. Era tan hermosa. Era tan plena. Era tan tuya.
Cuando finalmente la veas, sin lugar a dudas será demasiado tarde. Y la gente miente, se hipnotiza idioticamente haciéndose creer a si misma que siempre hay segundas chances y que nunca es demasiado tarde. Se equivocan. Cuando la veas, finalmente, será tarde. Será tardísimo para que te dé un abrazo, será tarde para que te profese amor infinito, será tarde para tu beso de las buenas noches, pues ya habrá amanecido sola, con tu recuerdo clavado en las venas, supurando nostalgia de lo que nunca sucedió.
Cuando finalmente la veas, sabrás que tu ausencia la hizo mujer. Y llorarás una lágrima por cada sonrisa que no viste, por cada logro que no compartiste, por cada pensamiento suyo que debía pertenecerte y sólo fue desgracia.
Cuando finalmente la veas, no podrás verla en verdad, porque dejó de ser una niña. No podrás verla correr, jugar, abrazarte, no podrás dormirla en tus brazos, no podrás curarle una herida. Cuando la veas, la niña habrá muerto y la mujer que tomó su lugar, no sabrá quién eres.
Cuando finalmente la veas, morirás. Y trágicamente, morirás sin verla.

lunes, 9 de marzo de 2009

Del yugo.

- ¿Quién es?

Preguntó asombrada, para éstas épocas ya casi nadie tocaba a su puerta, y mucho menos con tal desdén, como quien intenta derribar el estorbo entre una víctima y su victimario.

- Sabés perfectamente bien quien. Abrí.

¡Diablos, era él! El asombro se había convertido en temor en cuestión de segundos. Parecía remembrar aquella promesa lejana ya en el tiempo, como si hubiese sido ayer. Promesa que jamás creyó que debría de cumplir. Pudo sentir un escalofrío naciendo en su nuca.

- Abrime, dale. Hace frío.

Dubitativa, miró el picaporte, de donde colgaban majestuosas las llaves, invitándola a enfrentarse con su soberbia, a dejar pasar a su hogar aquel a quien habría, hacía ya algún tiempo, neurotizado de deseo.

- Busco las llaves, dame un segundo.

Ganar tiempo, le valdría de poco. Tarde o temprano debería tener que erguir la espalda y mirarlo a los ojos. O darle la espalda, dependiendo de cómo quisiera él perpetrar el acto.

Inmutada frente a la puerta, deseaba pensar rápido, aún cuando corrieran los segundos y no lograra hacerse de un pensamiento coherente. Blanco, completamente todo en blanco. No podía dejarlo fuera. No podía dejarlo entrar. No habría vuelta atrás, y ella lo sabía.

- ¿Las estás fabricando? Dale que no tengo mucho tiempo.

No estaba preparada, probablemente nunca lo estaría. Continuó mirando la puerta, en silencio, temblorosa y transpirada. Maldijo haberlo provocado, maldijo sus mentiras. Maldijo su compulsión a provocar a quien no debía, y su compulsión a provocar, a secas. Maldijo su apetito incesante por aquel hombre que la obligaba a someterse a sus perversos deseos. Maldijo haber asegurado dar lo que no tenía para dar. Lo maldijo y le abrió la puerta.

- Tanto tiempo princesa.

Lo maldijo y se entregó al furioso ímpetu de su embestida. Tragó una lagrima y volvió a perder aquello que nunca había sido suyo. La inocencia.

viernes, 20 de febrero de 2009

ETERNOS

Bajo las estrellas, no podría haber sido jamás de otro modo. De esa manera se habían conocido, bajo la eterna y relampagueante luminosidad de la noche más estrellada de verano, que fundía el calor de los cuerpos con una agobiante humedad y la frescura de la juventud que ambos aún poseían, radiantes como los astros, eternos como el universo que los rodeaban, brillaban.
Ella titilaba a lo lejos, cruzaba la calle meneando la falda que traía puesta, cual campana de monasterio, el pelo lacio largo y dorado, y una blusa ajustada, levemente traslucida que permitía con algo de esfuerzo, admirar sus más delicados atributos. El la observaba del otro lado, sonriente, perplejo, mientras la esperaba. La había esperado desde hacía siglos, y finalmente allí estaba, tan perfecta como lo había presentido en sus sueños. Se preguntaba si tendría demasiado perfume puesto, y si la corbata combinaría con sus zapatos, tal y como se lo habría recomendado su madre alguna vez antes de una entrevista importante de trabajo. Sus miradas se entrelazaron y en un instante, estuvieron solos en el planeta, el tiempo pareció detenerse y la multitud nocturna que ronda por Buenos Aires acalló todos sus murmullos, sólo para que ellos pudieran encontrarse en esa mirada, reconocerse de entre miles, saberse únicos, entender finalizada una, hasta ahora, incesante búsqueda. Fueron dos entre millones, y fueron solo dos, solamente dos en el mundo. Sólo un segundo bastó, para que ambos se supieran. El resto, fue protocolo, cortesía, tradición, necesaria, si, pero redundante. La cotidianidad vulgarizaba los sentidos, pero los sentidos le regalaban cuerpo y color a la cotidianidad.
Transcurrieron noches completas en vela, siempre con las estrellas a su lado, o por encima de ellos, estuvieran donde estuviesen. Noches en cuartos encerrados, enamorándose de sus mutuas y reconfortantes caricias, perdiéndose mutuamente en sus frenéticos deseos de completarse el uno al otro, olvidándose de los minutos moribundos en el intento de detener el tiempo, de clausurar las puertas, en el permiso de la irresponsabilidad juvenil que da su visto bueno a interminables sesiones afrodisíacas perpetuadas en la negrura nocturna. Amando cada roce, cada aliento, cada gemido, cada pequeña muerte compartida, conociendo el éxtasis más pleno del hervor sanguíneo, desde lo intangible hasta lo corpóreo, desde lo vago hasta el detalle, desde la dulzura hasta lo brutal, desde el cielo hasta el infierno. Juntos lo recorrieron todo, lo exploraron todo, lo alcanzaron todo. Se vivieron, se respiraron, se sofocaron y se resucitaron infinita cantidad de veces en cuestión de horas, durante muchas noches, muchas semanas, y algunos meses.
Pero deseos concretados dan lugar a nuevos deseos, más inalcanzables aún que los primeros, que conocieron su tumba en los brazos de otros amantes, menos fervientes, menos sensibles, y tanto más ciegos, ya que todo lo que mucho alumbra, siempre encandila la vista promedio.
En la misma oscuridad estrellada, y con más pena que gloria, dividieron sus caminos, paralelos hasta el momento, para sembrar su luminosidad en dos mundos opuestos.
Siempre serán complementos, aunque nunca más vuelvan a cruzarse. Siempre serán únicos. Siempre tendrán ese instante, en donde el mundo se detuvo sólo para que ellos se vieran.

sábado, 31 de enero de 2009

CADA NOCHE

Te sueño, te pienso, te imagino. Le doy forma y gusto a tus labios, te creo, te veo. Anhelo su tacto en los míos, agua de un oasis en medio de un desierto de caras inertes y pavimento. Presiento tu roce, suave pétalo de jazmines en verano, brisa de mar. Invadida por un millar de imágenes, sé exactamente la medida de tu porte, el vaivén de tu caminar y la fortaleza de tu abrazo, refugio de ilusiones tardías, que nunca llegan a respirar, que sobreviven en el vientre, latentes, esperando finalmente tu llegada. Dueño de mis noches y mis despertares, sólo en tu mirada cobran sentido los sin-sentidos, sólo de la mano de tus luces camino entre mi oscuridad. Recuesto mi mente en la almohada, y concilio lo utópico de tu calor que me rodea, sintiéndote en mi piel, amándote desde mi imaginación. Tanto ardía, que se consumía lentamente, provocando la muerte de la esperanza. Hervores, incandescentes.
Penetras en cada espacio, y te mantienes ahí. No atravesaste. Entraste y te quedaste mofándote de mi ignorancia, de mi necesidad de vos. De la lujuria en mi mirada, que juzgaste algún día prefabricada. Mirada que se enciende al nacer tu recuerdo en mi pubis.
Duermes a mi lado, me abrazas y acaricias mis pensamientos con tus yemas.
Sabes que cada noche, duermes a mi lado, aún en la distancia, y le haces el amor a mi memoria, dicotómico en cada embestida, único.
Y despierto cada mañana, sabiéndote.

EFIMÉRIDES

Todo tiende a terminar demasiado rápido. Demasiado. Tiende a evaporarse en la nada como un huracán que, aún después de haber revolucionado continentes enteros, se eleva hacia el cielo y desaparece. La raza humana, en su totalidad, cada día, a cada hora, en cada segundo, tiende hacia lo efímero, hacía lo rápido, lo inconstante. Repudiamos la rutina como algo que debe ser evitado a toda costa a riesgo de perecer de aburrimiento. El hombre en particular, a diferencia del resto del reino animal, que busca el equilibrio, tiende al desequilibrio. Buscamos amor en camas vacuas. No nos relacionamos, no nos abrimos, no creamos lazos, meramente nos entrelazamos brevemente y vagamente, con el hilo lo suficientemente flojo como para no atarnos demasiado a otro. Queremos amor, pero tememos amar. Queremos amor, pero deseamos tener algo de qué quejarnos, historias nuevas para asombrar y generar la admiración de mentes propagandistas, para realzarnos en la magnificencia de lo absurdo, de lo inservible, de la nada.
Vivimos en la perpetua búsqueda de algo mágico, de mariposas en los estómagos, de cuentos de hadas, de hechizos que nos permitan volar, que nos realcen las células del cuerpo y la mente hacia lo desconocido, hacia la plenitud, hacia el gozo. La búsqueda eterna de la felicidad, aun cuando nadie tiene la certeza de conocerla, o incluso de poder afirmar su mera existencia. Me pregunto si sabemos, si somos verdaderamente conscientes de que, como en cualquier otro ámbito de la vida, no podemos conquistar aquello que desconocemos. Y como el tiempo apremia, y las cosas deben hacerse de manera práctica, rápida e indolora, por supuesto, no malgastamos un segundo de nuestros días en intentar aprehender aquello que se esconde detrás de la vitrina, en conocer profundamente algo. Al pan, pan. Y terminemos el vino y vayamos a la cama, que mañana tengo que seducir a otra. Prestame tus apuntes, que no tengo tiempo de leer todo el libro, y tengo que pasar escuetamente esta materia, para recibirme pronto y que el mundo alabe mis conocimientos titulados. Sin duda, un abogado cazador de mala praxis, debe ser el profesional con mayor éxito económico del mundo en boga.
Lo efímero. Lo efímero es lo que me repulsa. Es aquello a lo que le huyo, pero que constantemente logra atraparme en sus manipuladoras redes. Quizá debiera abandonarme a sus designios y practicar la tolerancia a mi era, a mi década, incluso a mi propia generación. Continúo negándome y me resulta inevitable sufrir de pequeñas regurgitaciones de ideas.
Me pregunto si alguien comprende, si alguien comparte. Si alguien existe. Si alguien verdaderamente sabe como amar. La soledad, por muy intelectual que pueda tornarse, cava sus propias fosas en mi, construye sus abismos y temo, en forma desesperada, perder la capacidad de conexión con otro ser humano. Los lazos, desgraciadamente, requieren dos partes. Pero inevitablemente generan ataduras, generan pesos. ¿Y quien, en la era del libertinaje absoluto, desea íntimamente, tener un lazo, ser parte de un todo?
Disfruto del sabor del Malbec, a solas, nuevamente. Nadie quiere un peso, nadie quiere cargar con nadie, y nadie quiere ser cargado. Somos todos muy autosuficientes. No nos necesitamos más que a nosotros mismos, y a nuestros analistas, para que diluciden forzosamente cómo sacarnos la tableta de clonazepam de las manos.
Esto me resulta verdaderamente desolador.
Continuamente escucho voces que vehementemente claman por valores, pero no acompañan sus pensamientos con acciones. Nos quedamos en el habla, nos decimos tanto, sin decirnos nada. Nos contamos cuentos maravillosos de sueños imbéciles que nadie oye, a nadie le importa el sueño del otro mientras se encuentran ensimismados en sus propios sueños imbéciles. Y lo trágico, es que ni el uno ni el otro se cumple. No solo por ser imbéciles, sino porque el sueño primario, el deseo primario radica netamente en la completud, en la pertenencia, en la necesidad de integración completa con otro ser humano. El retorno al vientre materno, el calor, la cercanía, y hasta la dependencia. ¿Acaso no confundimos necesidad del otro con amor, constantemente? ¿Acaso no creemos a otro necesario imperativamente para la vida cuando creemos estar enamorados? Me resulta hasta paradójico y absurdo que no notemos el hecho de que estamos elaborando mal nuestras consignas de vida. Resumido: Buscamos el amor más profundo, la contención y la completud en lo efímero, en una anécdota, en las cosas más superficiales de la vida. ¿Acaso verdaderamente somos todos infradotados? ¿Qué es lo que no es obvio?

lunes, 19 de enero de 2009

EL HABLABA Y ELLA RESPONDIA

El hablaba y ella respondía. Ese habría sido el pacto desde el inicio, y muy a pesar de él, ella no lo quebraría. Después de todo, él tenía mucho más que decir. Y ella sólo debía admirarlo por eso.
En repetidas ocasiones, intentó quebrar el pacto, pero a la luz de la razón, cada intento se desenvolvía como una absurda caricatura de si misma, donde no lograba manifestar ni sus pensamientos reales, ni las emociones que la asediaban, mucho menos el amor que por él sentía. Simplemente se atropellaba en una verborrágica maratón de idiotez, rebalsada de palabras que no tenían sentido alguno, siquiera para ella. El, atónito, la observaba y se compadecía.
Eso dio lugar al pacto. Pacto implícito, puesto que de la única manera que podían comunicarse era si ella se limitaba a responder, intentando y con un alto grado de esfuerzo psíquico, aquello que él planteaba. Y el pacto servía, eran felices.
El se levantaba, preparaba el desayuno y lanzaba su primera incógnita, a la cual, en la mayor parte de los casos, hasta respondía, puesto que el resultado de los inconmensurables esfuerzos de ella, casi nunca llegaban a buen puerto, y por supuesto, se equivocaba, hasta cuando sólo debía responder. El, atónito, la observaba, sonreía y se compadecía.
Así transcurrieron varios meses, de frustración para uno y fascinación para el otro. Para él, entre cada mirada y cada sonrisa, la compasión crecía a pasos agigantados y comenzaba a transformarse en frustración. ¿Verdaderamente sería tan difícil comprenderlo?, pensaba. ¿Verdaderamente, ella sería, por siempre incapaz de ser quien hablara? Guardó un resto de esperanza, no en ella, sino en quien él creía que ella sería, y continúo su monologo. Ella, por su parte, sumida en una incomprensión a medias de sus palabras, creía entenderlo todo. Incluso hasta creía ver en sus palabras significados disparatados, como quien oye un cuento fantástico y sueña despierto con hadas y príncipes. Los creía fervorosamente, tenía certeza. La certeza no es algo menor, no menos que el disparador de sus silencios. No necesitaba más, no necesitaba hablar, no necesitaba comprender, ni mucho menos brindar una respuesta correcta, apropiada. Sólo necesitaba saber, que él seguiría hablando y ella seguiría intentando, y no se agotaría jamás la fascinación que el provocaba en sus entrañas, como quien intenta resolver un rompecabezas que no tiene fin. Sería algo in-eternum, y eso estaba bien.
Pero el comprendía, mucho, demasiado. Comprendía más allá, incluso de sus propias palabras. Comprendía y callaba mucho más de lo que decía, aún siendo la voz principal.
En su comprensión, su frustración permanecía in-crescendo y su compasión de tornaba en locura. El deseaba comprensión, un igual, un espejo. Y ella, divertida, cantaba bajito para que el no escuchara.
Una mañana, él determinó sin más, callar para siempre. Si él no hablaba, ella tendría que hacerlo, era inevitable, pensaba. Así fue, como él nunca más volvió a emitir un sonido. Y pobrecita, ella, en su interminable incógnita, jamás lo comprendió. Ella tampoco habló.
Y se sumieron en el más profundo de los silencios, por toda la eternidad.
El pacto, duró menos que sus vidas, pero al contrario de lo que pensaron sus allegados, tuvieron demasiado tiempo, antes de morir.

TE DIRE, JURARE


Te diré que seré tuya hasta el fin de los tiempos,
Que nada se interpondrá en nuestro camino, que seremos grandiosos
Juraré que hasta el último suspiro,
Seré tuya, y serás mío.

Te diré que alabo con fervor quien ha creado tu magnifico rostro,
Que jamás he visto hermosura y perfección tan plenas,
Juraré que es tu cuerpo aquello que admiran mis ojos,
Y se glorifican al encontrarse en tu mirada.

Te diré que creo en ángeles, destinos y suertes,
Que todo aquello que estaba perdido, lo he reconquistado a tu lado,
Juraré y desafiaré a quien lo niegue, que no existe mayor fe,
Que creer en tu amor, que saberte real, que existes.

Te diré que cada mañana te abrazaré, y sonreiré,
Que no existirá el rencor, que jamás se apagará nuestra llama.
Juraré a cada estrella, que en cada sol y en cada luna,
Nos amaremos con fervor, como el primer día.

Te diré que nuestros hijos serán los más hermosos, sólo por ser nuestros,
Que no les faltará nada, que todo el amor del mundo será para ellos,
Juraré protegerlos con la vida misma si necesario,
Serán el más vivo retrato de querubines terrenales.

Te diré que sostendré tu mano, cobijaré tu cuerpo cansado,
Que siempre sabrás reposar en mí, que siempre tendré fuerzas
Juraré abandonarme a tus brazos, y abrazarte con los míos,
Entrelazados no caeremos jamás.

Te diré que no existe gloria mayor que besar tus labios,
Que impregnan de aire mis pulmones, de vida mis centímetros
Juraré pasión y desenfreno, en cada beso, en cada roce,
Amarnos en la carne y el pensamiento.

Te diré que eres mi príncipe encantado, dueño de mis ilusiones,
Que en tus brazos no temo de brujas o hechizos, me protegen.
Juraré ser digna de magníficas proezas, que tendrás una reina en el hogar,
Viviremos por siempre en nuestro cuento de hadas.

Te diré que en tus brazos no existirán los males,
Que lavarás con tus caricias cada lágrima del pasado.
Juraré que eres el primero y el último, el único,
Almas gemelas se hallan sólo una vez.

Te diré, susurraré en tu oído cada noche con dulzura,
Que jamás padecerás a mi lado, que la vie será en rose,
Juraré que siempre tendré para ti una palabra justa, una mano tendida,
Ya nunca me apartaré de tu lado.

Te diré que cada noche antes de dormir, te abrazaré, siempre,
Que no pasaremos nunca frío, no padeceremos soledades.
Juraré acompañarte en cada batalla, en cada éxito, en cada derrota,
Serán nuestras todas las guerras y siempre ganaremos.

Te diré que haremos el amor apasionadamente, cada día,
Que nunca estaré cansada, que siempre tendré para darte de mi.
Juraré que te desearé siempre, aún cuando nuestros cuerpos se desgasten,
Hacer el amor, incorpóreamente rozándonos las almas.

Te diré que siempre tendrás a la mesa tu plato favorito,
Que aun cuando falte el dinero, te serviré como a un Rey.
Juraré que en nuestro hogar reinará la paz,
Sólo música y risas oirán los vecinos.

Te diré que está bien equivocarse, que somos falibles,
Que siempre intentaré comprender y explicarme, para que comprendas.
Juraré que no habrá peleas o discusiones, conversaremos,
Nos besaremos con las palabras, además de con la piel.

Te diré que antes de nacer, te amaba,
Que antes de morir, te amé.
Juraré que te amaré más allá de la muerte,
Nuestro legado al mundo será inconmensurable, nuestro.

Te diré que cada día te recordaré que te amo,
Que cuando no pueda hablar, te lo diré con imágenes,
Juraré que nuestro idioma será único en el mundo,
Con una mirada sabrás, con una mirada sabré.

Te diré que no existen las certezas o las garantías,
Que aprendí de joven a no confiar en los milagros.
Juraré no dejar al azar nuestro nido, no abandonarlo a la suerte,
Enamorémonos diariamente.

OJOS NEGROS

Ojos negros, mirada profunda, profundísima, de esas que te penetran y te masturban la mente con sólo observarte. Ojos negros, que imaginan, que descubren mundos paralelos de aventuras extasiantes, que sueñan con el amor pero producen deseo de torturarlos con los venenos más placenteros que existan. Cabellos suaves, finos, en caída vertical perfecta, tan negros como sus ojos, complementos ideales que conforman una belleza consecuente. Cabellos que provocan enmarañar, tironear y morir en su perfume. Perfume. El perfume único de una piel sedosa y rosácea, que reclama las caricias más suaves, que grita exigiendo los arañazos más firmes, una piel dicotómica, creada para enloquecer a cualquiera con el sólo roce de su tacto. Tacto, de sus manos finas, de mujer, elegancia suprema que no se denigra por introducirse con magia, avidez y descaro en cualquier orificio que invite a la invasión. Dedos como plumas, manos pequeñas pero perspicaces, y propiciantes de los orgasmos más intensos, del fuego más candente, del sollozo más húmedo. La humedad de sus labios. Por dios, sus labios, carnosos, firmes, voraces, que sólo se detienen ante la gloria de su saciedad completa y ni un segundo antes. Labios que conforman la boca más perfecta, para besar, para morder, para empaparla de orgasmos, y una lengua que resiste las más agrios brebajes, que es destino de esencias vivas, que es la morada final de tantas pequeñas muertes, que las provoca con su fluctuante movimiento, su sabiduría de serpenteo. Serpenteo que sensuales curvas, prominentes pechos, voluptuosos y firmes, con pezones de invierno, dulces y a la vez tan mordisqueables y caderas que al moverse de un lado a otro, tintinean gluteos sabios de embestidas, y un abismo creado para la imaginación más perversa, que invita a hundir los besos más húmedos en un círculo de perfectas dimensiones, para deleite de sus espectadores, de los más entusiastas jóvenes y de los más experimentados adultos también. Sus veintiséis abriles sólo empañaron jubilosas expectativas de amor eterno, más no opacaron ni un solo centímetro de su frescura, de su picardía. Por el contrario, fueron sus incontables experiencias las que, aún tan joven, la embebieron de placeres y venenos, la azotaron con extasiantes pensamientos, la atraparon en una vida aventurada y no desventurada, plena de fervores y hervores, romance y pasiones, del sabor de una caricia funesta, que al darse muere en la piel y no conquista el alma. Plena ella, aún sin plenitud. Mujer, sin ser la mujer de nadie. Sirvienta sólo de sus conquistas y emociones, esclava sólo de sus pulsiones y sentidos, dueña de si misma y de todo aquello que la rodea, dado que con el sólo observar su mundo, cada átomo se torna aprehensible, cada ser que entrelaza su camino con el suyo se consume en su interior, se vuelve carne en su esencia, se palpa y crea, reinventa, la nutre, la alimenta y la explota.

EN SU ABRAZO

Magnificencia. Inmensidad. Eternidad. Tanto más, de repente envolvía su mundo, pequeño, frágil, y la elevaba en un estado de conciencia absoluto, nunca antes saboreado por sus frescos labios. Supo desde el primer instante, que no sería un hombre más en su vida. Que no sería simplemente otra copa de motel, otro perfume desperdiciado en su almohada. Abrazó el deseo de su carne como nunca antes lo había hecho, conoció. Se conoció, entre la somnolencia anestésica de sus placeres y la vulgar lucidez que la atormentaba hasta saciar sus miedos, certeramente clavados en su alma. No existe la perfección, ella lo sabía. No la buscaba tampoco. Sólo se dejó llevar, en ese primer contacto con el, se dejó caer. Cerró los ojos, y cayó, rendida. Se abandonó a sus deseos, sus virtudes, su seducción, su protección. Se abandonó a una caída que de seguro no tendría fin, acalló sus demonios y simplemente, se dejó caer. El cumplió su palabra, no la soltó. Aún cuando el peso dolía tan profundamente que rasgaba y abría heridas casi cicatrizadas, no la soltó. Había prometido no soltarla, no dejarla caer. Y no lo hizo. Pero no la sostendría por siempre, no. Remendaría algunas rasgaduras añejas, apuntalaría cimientos deteriorados, y le enseñaría cómo regenerarse luego de su partida. No la sostuvo mucho tiempo. No la sostuvo poco tiempo. Lo necesario. Hasta que pudo sostenerse nuevamente por ella misma. Su partida fue imperativa, angustiante y dolorosa. Inevitable. Un ángel quizá, que sólo de paso, extendió sus alas sobre ella y la glorificó. Un mensaje quizá, una carta astral de su vida en segundos, en palabras, en gestos, en caricias. Un camino, descubierto, alumbrado ahora, en el cual caminar con paso firme y ya sin temores. Un legado, semilla que debe de ser árbol, debe de ser naranja lima, para que algunos otros frescos labios se alimenten de su fruto. Una enseñanza, de esas que se abrazan, que se guarda en la memoria por todos los tiempos, eterna, sin final. Y un infinito agradecimiento, a quien dio vuelo a este pichón, que hoy intenta volar con alas de cóndor, en busca de horizontes más luminosos dónde encontrar su morada final, aún aleteando de tanto en tanto, pues no es sencillo volar a grandes alturas para quien recién comienza.

FEMINIDAD vs. FEMINISMO

Ok, basta. Llegué al límite del hartazgo de esta estupidez que las mujeres solemos llamar feminismo y que solamente encierra un altísimo grado de incomprensión de la realidad, de la mismísima naturaleza humana. Primero y principal, la mujer es mujer en la diferencia elemental con el hombre y no en su semejanza. O acaso nos estamos sintiendo menos que los hombres? Chicas, mujeres, señoras, por amor de dios! Aprendamos a valorar nuestra individualidad, nuestras diferencias con respecto a los hombres en lugar de calzarnos los pantalones para mucho más que salir a trabajar. Esto ya perdió el punto de poder votar y ser ciudadanas de la Nación hace mucho rato. Me encuentro por la vida con mujeres (mujeres?) que lo único que hacen es intentar superar económicamente a sus hombres, saber más de fútbol que de cocina, y tener sexo en forma libertina con cualquiera, pero ya no por placer, sino por exitismo, los contabilizan. Insólito. Pero no radica ahí el problema elemental. Si el hombre es hombre, y la mujer es hombre, por amor de dios, después no lloren por no poder mantener un hombre contento! El hombre necesita de una MUJER, y no de otro hombre, en una pareja. ES OBVIO! Así como por supuesto, la mujer necesita de un hombre, un HOMBRE. Me pregunto que es lo que lleva a una mujer del siglo XXI a no poder concebir algo tan sencillo que si concebían las mujeres de antaño, aunque por obligación y no por amor. Hoy por hoy, tenemos la libertad de poder elegir a quien amar hasta el día de nuestra muerte, pero AMAR, no torturar, no exigir, no pretender. Simplemente amar. Hay algo más sencillo que servir a quien se ama? Cuando se AMA? Como podemos dar si estamos siempre esperando que nos den? Ah no, que EL se amolde a MI, que EL me conquiste, que EL venga, que EL llame, que EL haga. Y nosotras qué? Cuando el hombre, después de cortésmente (pobre, necesita de nuestro sexo, obvio, y hace lo imposible para conseguirlo, aun a costa de su propia desvalorización y de que lo tratemos como a un perro o peor) haber cumplimentado cada imbécil requerimiento nuestro, pide que se lo cuide, como lo cuidaba la madre, porque la mujer está basada primordialmente en la imagen de mamá, nosotras nos negamos, alegando que tenemos derechos. Bien, tenemos derecho a estar solas entonces y a olvidarnos del macho protector y fértil que proveerá una linda imagen familiar. El orgullo ha llegado al paroxismo de lo estúpido. Me anula la razón ver como hoy por hoy, el feminismo y las idióticas ideas de autorrealización (que poco tienen de ello) arrastran las potencialidades de las mujeres más hermosas, más deseadas, más instruidas (no quiero ahondar en la inteligencia, si fuesen inteligentes se darían cuenta de las cosas más elementales y no nadarían en un mar de narcisismo) al más rotundo de los fracasos. La mayoría de las mujeres se mofan cuando aseveran que al hombre se lo conquista por el estomago, y se jactan a la hora de la seducción de sus habilidades culinarias, haciéndole, muy deshonestamente, creer a la victima que serán Martha Stewart y le proveerán de todo lo que mamá alguna vez les dio, pero después se niegan a cocinarle justificándose en el cansancio del día laboral. De nuevo, entonces, de seguro, estamos deseando más que derechos, más que independencia, estamos deseando soledad. Yo por mi parte, he comenzado a abrazar esta condición que el día de mañana me permitirá la gloria de ser madre, de ser MUJER plenamente. Nosotras exigimos continuamente, una lista interminable de condiciones prácticamente irrisorias, y cuando nos exigen un plato de comida, demandamos respeto! Somos demasiado para atender a nuestro hombre. Bien, entonces: a) no lo necesitamos a nuestro lado… y repito, a no llorar! A hacerse cargo de las decisiones, que después de todo las tomamos en libertad; o b) Somos solamente una consecuencia de la deformación del bien afamado feminismo, que nos aturde con su mensaje cotidiano e ilusorio, haciéndonos creer que por tener algo que los hombres desean, deben estar a nuestra merced. Yo le pregunto a cuanta mujer me lea, si nosotras no deseamos lo que los hombres nos dan. Si nosotras no deseamos la unión tanto como ellos. Si la respuesta es que si, dejémonos de joder y enorgullezcámonos de ser mujeres verdaderamente, de cuidar, de respetar, de completar, de complacer, de dar y no de tener un sueldo gordito en el cajero a fin de mes y mostrar la última cartera de Prada. Si la respuesta es que no, entonces, bien, creo que es hora de redefinir el feminismo, y no confundirlo con feminidad. La fémina completa, plena, sabe como satisfacer a un hombre. Y OJO, no hablo de someterse, sino de dar. De hacer feliz al otro, en las necesidades del otro, en tanto y en cuanto sean necesidades y no caprichos. La feminidad pasa por otro lado señoras, parte de la premisa de la diferencia, como expuse antes. Queremos, exigimos continuamente igualdad con el hombre. Queremos ser hombres. Jamás escuché a un hombre quejarse de que no lo dejaran pintarse las uñas. Ahora, las mujeres queremos tener equipos de futbol, como ellos. Es hora de dejar atrás la necesidad de tener falo y empezar a preocuparse por tenerlo introducido, como DEBE ser, y estar orgullosas de eso.
Cristina Lopez, una increíble profesora, literata y sumamente culta, digna de admiración, dijo una vez, para espanto de muchos en el aula, que estaba orgullosa de su vagina. Por supuesto, ante un grupo hormonalmente exaltado de 18 años, fue sumamente gracioso. Hoy en día, muchos y muchas de ese grupo aún no logran entender (y tampoco lo han intentado) a qué se refería. Se refería exactamente a esto. Cuidemos a nuestros hombres, que ellos aun cuidan de nosotras como si fuesemos de cristal. Hagamos renacer la feminidad en lugar de alimentar este monstruo social en que se ha convertido el feminismo despótico. O continuemos con la necia idea de la igualdad, aun cuando la naturaleza misma ha impuesto las diferencias, y aniquilemos a la raza humana.

QUISIERA

Quisiera tener poderes mágicos para hacerte feliz
Para hacer nacer sonrisas de la magnificencia de tu boca
Una notable habilidad para eliminar pesares
Quisiera

Quisiera cubrirte con mi piel de las tormentas
Protegerte de la lluvia, de las noches solitarias
Poseer en mis labios la calma de tu espíritu
Quisiera

Quisiera regalarte sueños, esperanza
Darte mis pensamientos más profundos, que te envuelvan
Para que a través de mis ojos, veas tu propia luz
Quisiera

Quisiera abrazarte en una caricia
Elevarte hacia lo divino, darte gloria
Desaparecer las angustias para siempre
Quisiera

Quisiera brindarte mi poesía, toda tuya
En una mayúscula y un punto aparte,
Embeberte de alegría, aliviarte
Quisiera

Quisiera tomarte de la mano y volar
Hacia donde no exista la corporeidad
Mostrarte que el mundo no es este que caminamos
Quisiera

Quisiera desligarte de las preocupaciones
Contarte que nada de eso importa, y que me creas
Abrirte en un pasar de manos a la aventura de la vida
Quisiera

Quisiera que nunca llorases, que nunca doliera
Transformar lágrimas en puentes, cruzarnos
Darte mi lecho para que descanses
Quisiera

Quisiera inundarte de canciones, música para el alma
Que un acorde calme toda tempestad
Sumergirte en una melodía que traiga hasta mis brazos
Y besarte, quisiera.

EL MURO

Saltar, trepar, bordear de alguna manera y esperar, aguardar para ver si en un segundo de gracia, quizá, tal vez, sea posible que sin grandes proezas, sin maratónicas destrezas, sin exhaustivos esfuerzos por demás, y simplemente porque está escrito que así debía de ser, me pueda encontrar con vos del otro lado.
Golpear cada puerta, espiar a través de cada agujero, aún cuando aparente ínfimo, soplar, soplar y soplar, hasta hacer caer cada gramo de cemento, o desgarradora y violentamente arrojarme, arremeter con todas mis fuerzas, con la furia de una leona, contra el, con la ilusoria esperanza de quebrarlo, atravesarlo, y poder encontrarme con vos del otro lado.
Indagando sobre pasadizos secretos, grietas mal remendadas, buscando el punto débil, el talón de Aquiles de semejante estructura, de aquellas con las más imponentes alzadas, algún ladrillo hueco que al tacto se desmorone, alguna hendija, algún túnel que camuflado en lo profundo del cimiento me permita el gozo de escabullirme y así poder encontrarme con vos del otro lado.
Alguna herramienta mágica, algún superpoder de mujer maravilla, algún conjuro que lo desintegre, la varita de algún hada madrina que me regale las necesarias alas para poder sobrevolarlo y mirarlo desafiante desde las alturas, algún caballo de Troya bajo el mando de mis voluntades cómplice de embaucarlo, algo, lo que sea, que me permita poder encontrarme con vos del otro lado.
Es mi deseo infinito el que inevitablemente se acota a mi ser finito, que no posee magias ni superpoderes, que conjuros rechaza por convicciones de terceros, al cual no le quedan más alas que las de la imaginación y que no cabalga aún voluntades ajenas, ni a caballo ni sin él, y que tampoco quiere aprender a hacerlo.
Por ello es que mi humanidad, imperfecta se somete frente a el, deteniéndose en el tiempo y el espacio, aún con la ilusión de que entre ambos, de a dos, con tus manos y las mías, podríamos quebrantarlo y encontrarnos en el medio.

ESENCIA HERMOSA

Tus palabras son mis marcas, me laceran las venas, me contraen los músculos y me invitan a una maravillosa comprensión de la que sólo yo me siento capaz de lograr, sólo yo. Creo que soy estúpida, no puedo ser sólo yo la receptora de tales mensajes, la única en el mundo hábil para entenderte, no puedo, soy sólo humana, y no soy especial, soy sólo yo. Aún, tus palabras me sostienen, me dan vida, me invaden y me elevan. Tus deseos se transforman en voluntades a cumplir religiosamente, en órdenes que de ser desobedecidas causarían la fatalidad más dolorosa, debo cumplirlos, quiero satisfacerlos, aún cuando esto carece de relevancia para vos. Tus pensamientos, aquellos que no llegan a verbalizarse, esos son los que me envuelven y me someten. Algunos los deduzco, otros quedan en el vacío de la incógnita, en la nada, y son esos los que quiero conquistar. Quizá, quizá serían el secreto, el arma, la herramienta para llegar a tu vida, a tu mundo, por el que alguna vez pasé, sin cruzarme, sin atravesarte, sólo pasé, te sonreí, te pedí que no desaparecieras de mi vista, y me fui sintiéndome más tonta, más niña, más falible que antes. La noche que te conocí, brillaba dijiste. Brillante como una estrella, creí. Ahora sé que ves muchas de esas, que amas mirar distintas luminosidades y que aún buscas la luz más enceguecedora. Quizá, como a mí, te duele ver. Pero te encanta que duela, necesitás que duela, porque es de la única manera en la que sabés ver. Y sabés que ver, te hace diferente, te hace especial. En un mundo de ciegos. En ese mundo, cuando dos que ven, que pueden ver se encuentran, se miran y sonríen, comprenden. Y se hallan, se elevan y se quieren. Se protegen entre sí de esos tontos ciegos, que sin malicia hieren al intentar abrirse paso en su caminar, cual invalido que bastonea a su alrededor para no tropezarse, y en un accionar de su instinto de supervivencia, le clavan el bastón al que indiscretamente paseaba por al lado, y quizá, hasta pretendía ofrecerles una mano para ayudarlos a llegar a destino.
Entonces, quizá si sea yo quien pueda comprender tus palabras. Pero quizá ese no sea el punto y no lo haya sido nunca. Quizá eso no sea verdaderamente amor, sino amistad, hermandad, comprensión y sólo eso. Quizá, el destino, si existe tal cosa, esté determinado para que aquellos que ven y comprenden. Que el camino a seguir, el sentido de su existencia esté marcado, para que poco a poco conviertan a ciegos en videntes, y se truncaría su finalidad si sólo se dedicaran a mirar y admirar a otro igual. Algo así como una vocación de docente que intenta enseñar a otro docente a enseñar, un sinsentido, una pérdida de tiempo.
Ay, pero que grato es encontrarse con quien comprende, y regalarse una estrella brillante. Que grato es saberte parte de este mundo. Que grato es poder evocar tus palabras en momentos de incomprensión y fundar sobre ellas esperanza. Que grato es haber comprendido, después de tanto andar en vano, que busco una estrella brillante también, que los opuestos no se atraen porque la naturaleza es cínica, sino sabia, que oscuridad con oscuridad sólo crea más oscuridad y que luminosidad con luminosidad es intolerable para quien puede ver, enceguece. Que el equilibrio es el secreto de nuestra búsqueda y que la búsqueda quizá, sólo quizá, requiera casi toda una vida.
Que grato es saberte parte de este mundo, y amarte, sólo porque creo poder comprenderte, más allá de lo que brindes. Amarte porque en mi tengo oscuridad y luminosidad, amarte porque en vos, también existen ambas. Amarte sin que me regales estrellas. Amarte sin que seas una idea, un concepto, amarte porque en la idea de lo que sos, está la esencia. Y no hay amor más noble, más real y más intrínseco, que amar la esencia de lo que se ama. Conocerla, comprenderla, y amarla. Que grato es amarte, esencia hermosa.

¿SEREMOS?

¿Será esta la primera vez que entreguen sus bocas a la pasión que los arrebata? O quizá… quizá, tal vez, sea esta la última vez que se puedan mirar a los ojos, con añoranza de tiempos mejores que supieran compartir cuando toleraban su mutua presencia, y hasta en algunas ocasiones, creían disfrutarla.
¿Le estará contando sus aventuras juveniles con fervor y gran encanto, imitando cuerpos de historias pasadas? O simplemente estará explicándole que su madre la quiere, que no quiso decir lo que dijo, que en el fondo, a su manera, mamá… “Mamá te adora gorda. Aunque odie todo de vos, a vos te adora”, con ademanes contundentes, a modo de convencer de lo inverosímil.
¿Será ese ardor en la mirada una profunda paz que lo sumerge en un mundo aterciopelado de fantasías y posibilidades? O la completa certeza de que no habrá castigo suficiente en esta tierra que pueda expiarle sus traiciones, y ella tan pura, ella tan ignorante, tan a su merced.
¿Existirá entre ellos esa agónica energía que todo lo arrastra, hasta perderse en ambos las esencias más profundas de aquello que fueron antes de encontrarse, para fundirse en una sola miel, una sola caricia, una sola, uno solo, solo eso? O quizá no, quizá solamente sea la desesperada soledad que de tanto en tanto se repara del frío en brazos de algún amante volátil y perezoso de coraje.
¿Serán? ¿Seremos?